Prólogo: Patética persecución.
Me encontraba en medio de una persecución.
Claro, tu te imaginarás una persecución como algo así: callejones, coches de policía música retumbante y adrenalina por todo el cuerpo y con mucha suerte tendrás de perseguidor a un tío que esté bueno. Nada más lejos de mi persecución particular que rompe todos los esquemas anteriores pues la mía se desarrolla en un Supermercado, sí en un Super, de día con gente por todas partes y música de la radio sonando en los altavoces y yo escondida tras la estantería de desodorantes masculinos... ¿patético? Dímelo a mí.
De mis manos resbalaba cada dos por tres el molde de pizza que había venido a comprar hacía menos de cinco minutos y ya estaba metida en un lío. Un lío bastante gordo.
Suspiré mirando por el hueco de los desodorantes. La gente que pasaba me echaba miraditas de curiosidad o se apartaban pensando, seguramente que estaba loca de remate por estar agachada y aferrada a una estantería del Super, pero todo era cien veces más complicado que eso y hubiera dado cualquier cosa por ser lo que la gente pensaba. Mi chaqueta negra y abierta rozaba el suelo de baldosas amarillas, para ser honesta un color que no me gusta nada para los suelos del Supermercado.
Mis perseguidores eran tres y al parecer no eran lo suficientemente listos como para separarse y seguían los tres juntos en el pasillo de los licores con cara de pocos amigos y la mirada desbocada a mí se me escapó un bostezo, la verdad es que acababa de levantarme y tenía sueño, si estos tres no me daban acción no me iba a despabilar a tiempo.
De pronto, al parecer se les ocurrió la genial idea de separarse, uno se perdió entre los pasillos de los cereales otro se dedicó a buscarme en la sección de champú y el tercero venía directamente hacia mi poco logrado escondite, me incorporé lo suficiente para que no me viera y salí del pasillo casi corriendo en dirección contraria al tipo. Se reconocían fácilmente por el anillo de oro blanco que llevaban en el dedo meñique y las caras de mala leche que tenían que formaban parte ya de su encanto natural.
Me metí por el pasillo de especias intentando encontrar un plan para salir del supermercado sin que se dieran cuenta pero si salía ahora tendría que pasar por delante de sus narices y creo que llevan bien eso de no dejarse embaucar por uno de sus enemigos. Lastima.
Dejé el molde de pizza sobre una de las estanterías al lado del azafrán, mientras mi mente maquinaba en algún plan que me sacara de allí.
De pronto me pareció escuchar una maldición a mi espalda, me giré para descubrir que al otro lado del pasillo había uno de ellos que se lanzó a correr hacía mí sin dudarlo un segundo, me pareció buen momento para echar a correr yo también, ahora si que se parecía más a una persecución de verdad al menos ya estaba siendo perseguida notablemente. Pero no había tenido suerte y no era un tío bueno el que me perseguía si no uno con muy malas pulgas y cara de loco. Por un momento pensé en ir con el guardia de seguridad pero una parte de mi mente se mofó de mí ``Cómo si un guardia cualquiera pudiera hacer algo contra tres inmortales cabreados´´ le di la razón a esa parte de mi mente y corrí más rápido, el tipo gritó detrás de mí y sentí que eran ya dos los que me perseguían si el tercero me salía de frente me acorralarían. La gente se apartaba y gritaba insultos que me resbalaron como gotas de lluvia.
Solo podía arriesgarme, y lo hice, nunca he tenido un carácter precavido y me lancé por uno de los pasillos de mi izquierda y como me esperé el tercer tipo estaba allí pero me acerqué tan rápido que no esquivó a tiempo mi empujón y rodó por el suelo casi gruñendo como un perro ``pobrecillo, no será el héroe en esta persecución pero si el que me podía haber cogido y falló, sus compañeros se encargaran de ello más tarde´´
Por fin divisé las cajas registradoras más allá de los botes de refrescos y corrí aun más rápido, habían colas de gentes que no me dejaban paso y apostaría un brazo a que ninguno se detendría a ayudar a una pobre muchacha de dieciséis años y menos con la pinta que llevaba yo en ese momento una pinta que daba a entender que estaba acostumbrada a que me persiguieran y que me lo merecía. Al no ver otra opción respiré hondo y salté sobre una de las cintas llenas de la compra de la gente que me gritaba e intentaban apartar las cosas como podían, escaché algunas verduras y murmuré algo parecido a ``lo siento´´ mientras corría sobre la cinta deslizante y avanzaba poco a poco, conseguir llegar hasta el final y me caí de bruces al suelo amarillo, me levante de un saltó y me giré para ver a los tres tipos apartando a la gente a empujones ``¡Qué maleducados! Pensé con una sonrisa ``lo dice quién acaba de saltar sobre la compra de la gente´´ susurró la voz irónica de mi mente. Eché a correr mientras la sonrisa se hacía más ancha y ganaba terreno en mi rostro al ver que los dejaba atrás, salí del Super y me dediqué a perderme entre los coches del aparcamiento mientras me alejaba de allí, me puse la capucha sobre mi cabeza y me agaché hasta quedar a la altura de las ruedas de los coches que olían a asfalto más que el propio asfalto. ¿Cómo se explica eso? Ni idea.
Avancé tropezándome a menudo con mis propias piernas mientras permanecía agazapada entre las ruedas y parachoques de los coches de los clientes al los que acababa de pisotearles la compra. Irónico, muy irónico. Me incorporé lo suficiente para ver a través de las ventanillas cerradas que los tipos acababan de salir como una exhalación del Super y miraban hacia todos lados aturdidos luego se miraron unos a otros e intercambiaron un par de palabras y uno de ellos sacó un móvil, seguramente para informar de mi gran y fabulosa escapada o para insultarme, lo segundo era con creces lo más probable y me agaché de nuevo para salir del aparcamiento con zancadas enormes dada mi pequeña estatura y eché a correr hacia la calle más cercana preguntándome si me habría visto, seguro que no, estaban tan ciegos de rabia y frustración que no veían nada. Sonreí mientras caminaba a paso ligero por la calle llena de gente en la que había ido a parar, eso era lo malo de las ciudades en todos lados te encontrabas formando parte de un mar de gente, esquivé a algunas personas y avancé en sentido contrario a la avalancha de hombres y mujeres que reían, hablaban o incluso discutían. Escapé de allí en cuanto vi la oportunidad, no soportaba las aglomeraciones de gente.
Paseé por una calle ya más tranquila y suspiré al recodar que no había comprado el maldito molde de pizza que serviría para nuestro almuerzo, resignada a no perder el tiempo me desvié un poco de camino a casa y entré en una gasolinera agarré el primer molde que vi, pagué y me largué, esta vez sí: de camino a casa.
La calles parecían todas iguales y fui con más cuidado de lo normal por si acaso veía a los tipos esos de nuevo mientras el sol se derramaba por todos lados a mi alrededor y parecía reacio a tocarme pues yo seguía sintiendo en mis huesos el frío otoñal que me calaba y se instalaba en mi pecho igual que una losa de mármol. Me colgué la bolsa de plástico al hombro, algo casi imposible, y me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta negra tres tallas más grande que yo, mi armario estaba llenas de estas.
Por fin vi nuestra casa allá a lo lejos y avancé un poco más deprisa deseosa de tirarme en el sofá y comer pizza junto con mi familia o a los que yo tomo por familia: Cenh, Jake, Ash y por último Nina, en total eramos cinco y eramos algo así como un equipo, ya sabéis los cinco contra el mundo y cosas así o igual de estúpidas, pero que suenan bien.
Salté los dos escalones que daban al porche de madera, habíamos pagado esta casa los cinco con nuestros ahorros y yo me había gastado la otra mitad de mi dinero en fiestas y ropa ancha, para mí eso era pensar con la cabeza.
Toqué a la puerta varias veces antes de que Ash me abriera con expresión somnolienta y entornado los ojos.
- ¿Por qué no te has llevado
las llaves?
- Se me olvidaron completamente,
perdona. Ya he traído la comida.
Los cuatro estaba en el salón Nina y Jake viendo la tele tirados en el sofá Cenh de pie en medio de la cocina, le tiré la bolsa con el molde en su interior desde que entré y Cenh se puso manos a la obra, Ash se tumbó de nuevo en la butaca de cuero y miró la tele con aire distraído. La salita iluminada por los rayos del sol parecía acogedora y familiar.
Atravesé la sala en cuatro zancadas y me puse en frente del televisor, todos me miraban confundidos y soltaron algunas quejas, quejas que quedaron a mitad de camino en sus gargantas cuando hablé:
- Nos han encontrado, debemos largarnos – y añadí con sorna – otra vez.
Los cuatro inmortales de la sala me miraron pidiendo explicaciones con la mirada. Suspiré y comencé a relatar.
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