Capítulo 1: Cross Hall.
Me bajé del coche a tiempo para escabullirme de la mudanza que se iba a desarrollar en un par de minutos, mi cuerpo siempre ha estado en contra de ir acarreando cajas por ahí, mi pequeño y menudo cuerpecito que hasta para cualquiera dieciséisañera sería muy poca cosa, delgado como un palillo, con pocos encantos femeninos y frágil como el cristal, en cambio mi cara era la viva imagen de la feminidad, aunque llevaba el pelo negro el como el ébano un poquito más largo que el corte de los chicos mis enormes ojos castaños claros me delataban aunque siempre mostraban una expresión irónica y mal humorada si se me conoce se me acaba cogiendo cariño. En mi cuello colgaba una tira de cuero negro que sujetaba una hebilla a modo de collar, siempre iba vestida de negro con sudaderas anchas y con capuchas con los cascos negros conectados al Ipod siempre a mi alcance listos para elevarme a la dimensión del rock o cualquier grupo que me gritara en los oídos y me impidiera pensar con claridad. No se me daba bien quedarme en silencio con mis docientos treinta y dos años a mis espaldas de muchas cosas malas y sin sentido y pocas buenas y coherentes.
Mi mente siempre acababa por retornar al pasado, como no, yo y mi tortura psicológica diaria si no tuviera esa pelea cada día difícilmente sería yo, o no estaría bien de la olla, a lo mejor lo normal era no tenerla, me dije en ese momento.
Miré a mi espalda donde el coche cada vez era más pequeño, ahora mismo parecía un guisante con cuatro hormiguitas pululando a su alrededor, cierto, empezábamos en un nuevo lugar lo eso significaba nueva identidad, o sea, cambio de nombre, de apellido de lugar de nacimiento y procedencia. En mi antiguo hogar me conocían por el nombre de Lish, que quede claro que me lo puso Ash, a mí nunca me gustó. Pero en ese nuevo lugar me iba a llamar de la forma que yo quisiera y ya tenía uno en mente: Kate, me gustaba como sonaba duro y seco, como mi actitud hacia los demás.
Ser inmortal tiene sus pros y contras, por ejemplo tenemos (al menos en mi familia) algo así como prohibido interactuar de forma constante con los humanos para ahorrarnos el mal trago de verlos envejecer y morir mientras tu estas como una rosa de hielo clavada en tu juventud y eso nos dolía mucho, por eso no nos podíamos hacer amigos de los humanos si no queremos sufrir por su inevitable muerte, así que en mi familia todos eramos como marginados de la sociedad. Solo he tenido una amiga humana en mis 232 años y cuando murió me prometí a mi misma que nunca sufriría de tal manera de nuevo. Nunca. La muerte te deja un dolor desgarrador en el pecho que se te queda grabado para siempre a modo de repuesta por burlarse de ella con la inmortalidad, quiere que sepamos que existe, a decir verdad, los inmortales podemos morir aunque es un pelín difícil si te empeñas seguro que acabas matando a alguno, o muere él o mueres tú por intentar matarlo... No te lo recomiendo. No nos intentes matar es casi imposible.
Hay inmortales repartidos por hay, somos muchos e incluso tenemos clanes ¡oh! Lo que me recuerda a algo, tengo que explicarte lo de los tipos del Super ¡qué cabeza tengo! Bien, pues esos tipos eran inmortales que están en contra de la inmortalidad ¿cómo te quedas? Porque cuando me enteré me dejó a cuadros. A ver, se llaman... ¿cómo era? Bueno, entre inmortales se suelen llamar los Traidores, ya que están en contra de su propia naturaleza y nos llevan buscando a nuestra familia y a mí desde hace un siglo por hay pero aún no tengo ni idea de por qué solo se que hay que correr y punto. A lo mejor le tiré, sin querer una copa encima a su jefe y desde entonces me la tienen jurada, vete tu a saber.
Ser inmortal no se elije, te toca y punto, naces y si no envejeces más allá de los diecinueve, tío eres de los nuestros, otro más. Si me preguntaran si me gusta ser inmortal la respuesta variaría, si me lo preguntaras cien años antes te contestaría que sí con tanto ímpetu como si la vida me fuera en ello pero si me lo preguntas ahora te contestaría que no lo sé, no se si me gusta serlo o no, yo simplemente lo soy y ya está. Cargo con lo que me echen.
Caminé por la acera adoquinada mientras las casas pasaban a mi lado, me sorprendió ver que la gente, tanto jóvenes como adultos se saludaban como si se conocieran de toda la vida... Probablemente así fuera. Me pareció de los más extraño este gesto viniendo yo de una ciudad donde nadie conocía a nadie y nadie se interesaba por nadie.
El sol despuntaba ya por el horizonte lanzando los últimos rayos del día, bañándolo todo en un color naranja tenue, como si fuera tan solo un roce de luz , los diferentes colores bailaban sobre las olas allá en la playa y se desdibujaban cada vez más a cada minuto hasta convertirse en un gris oscuro y pálido que se acabará por instalar en todo el pueblo: Cross Hall, mi nuevo lugar temporal, hasta que volvamos a pirarnos al menos.
Suspiré y subí el volumen de la música cuando reconocí la melodía, era una de las canciones que más me gustaban del grupo; Paramore con la canción Decode. La música retumbó en mi cerebro y se esparció por mi cuerpo haciéndolo vibrar, sonreí.
De pronto lo vi, a unos cuantos metros se hallaba la entrada del mini-parque de atracciones, en la ciudad habían, pero eran mucho más grandes, este contaba con una noria destartalada una casa del miedo y unas cuantas atracciones más y por supuesto lo que más se veía aparte de la notable noria era la pedazo de montaña rusa, seguro que se habían gastado todo el dinero en eso y luego para disimular pusieron las demás atracciones, sus raíles se enroscaban con bajadas visiblemente violentas y bruscas , lo único que a los inmortales nos llena de adrenalina son los parques de atracciones; encaramarte a un asiento y que sea lo que dios quiera, ya que si la atracción se estropea sale volando y tienes la mala suerte de escacharte la cabeza, mueres sin remedio, no creo ni que un inmortal sobreviviera a eso. En un cacharro de esos tenemos la posibilidad de morir y resulta excitante.
Me senté en un banco y me dediqué a mirar a la gente que pasaba, se saludaban y cuando advertían mi presencia me miraban con miedo o pasaban de mí, bueno no era de extrañar con las pintas que llevaba yo en ese momento: vaqueros cortos, camiseta , chaqueta tres tallas más grande que yo abierta, eso siempre confería a la chaqueta un cierto aire a gabardina pues casi me rozaba mis menudas rodillas, capucha y cascos encima y por supuesto mis zapatones monumentales, yo me compraba zapatos brutos y muy gruesos como si quisiera disimular mi diminuto pie. Todo eso en conjunto me daban un aire a delincuente juvenil que casi me superaba, bueno luego al mirar mis ojos y descubrir mi mirada dura solo hacía reforzar la creencia. Todo a mi alrededor parecía gritar ``¡peligro! ¡alejate pringado!´´ y por eso la gente solía abstenerse a hablar conmigo no le culpaba, es más se lo agradecía.
Cuando por fin parecí percatarme de que ya era noche cerrada decidí volver, y caminé lentamente hasta ver la imponente casa ``psss y eso que no quieren llamar la atención, ya claro.´´pensé paseando mi mirada por el mármol de los escalones, las enormes ventanas y las critaleras que se apreciaban desde fuera. Subí los cuatro escalones que conducían al porche cubierto y toqué a la puerta mientras me entretenía mirando el sillón balancín que colgaba del techo de madera blanca.
- Eh, ¿donde te
habías metido Lish? - me preguntó Nina.
- ¿Lish? No, no, a
partir de ahora me llamo Kate – anuncié con un grito entrando en
la casa.
- Pues te has
escaqueado de la mudanza, Kate – me reprendió Jake sentado el las
escaleras junto a Cenh.
- Lo sé. ¿cómo
os llamáis vosotros?
- Yo soy Rachel –
anuncio Nina girando sobre si misma con elegancia. - y ellos son:
Lucas, Nathan y... ¿donde está Jim?
- Arriba colocando
las últimas cosas de su nuevo cuarto.
- Por cierto, Kate
te he preparado tu cuarto – Nina dio palmaditas y sonrió –
espero que te guste.
- Supongo, con tal
de que tenga uno...
Jake, Cenh y Nina se miraron un momento con nerviosismo ¿qué demonios les pasaba? ¿tenía un cuarto, verdad? Me pregunté mientras les interrogaba con la mirada.
- Han venido a
darnos la bienvenida, algunos vecinos – dijo Jake.
- ¿Tan pronto? -
mascullé tirando el Ipod al sofá junto con los cascos. - Vaya
cotillas.
- Sí, eso mismo
pensamos y como queremos integrarnos para que no sospechen...
- ¿Desde cuando os
importa integrarnos?
- Desde que nos
mudamos a Cross Hall, un sitio enano y unido, según los vecinos. Y
hemos decidido que todos vamos a asistir al instituto del pueblo ya
que no aparentamos ninguno la mayoría de edad.
Me quedé en ese estado entre la risa y el llanto ¿un instituto lleno de humanos, casi todo el día? ¡Qué chiste!
- Sí, ya, ¡Ja!
Pues vais vosotros yo ya tengo una edad y paso.
- Todos tenemos que
sacrificarnos para que los Traidores no nos encuentren.
- ¡Ni siquiera sé
por qué nos buscan! - estallé. - ¡es una locura!
- Es normal que te
asuste un poco la idea pero...
- ¡No me asusta! -
grité interrumpiendo a Nina. ¿pero qué me pasaba? yo jamas le
había levantado la voz a ninguno de ellos.
Pero en el fondo de mi mente sabía por qué, no me asustaba la idea: Me aterraba. Interactuar con humanos durante horas todos los días ¿qué pasaba si alguien pretendía hacerse mi amiga y lo conseguía? ¿sufriría otra vez? ni en broma. Les hice un gesto a Jake, Cenh, Lucas o Nathan o como se llamaran, ¡estaban chalados completamente! No podían obligarme ¿a qué no? Subí las escaleras frenética por encontrar una salida. Empujé la primera puerta que encontré y entré un aroma a jabón me informó que me encontraba el el lavabo, un lavabo enorme por cierto, con grifos bañados en plata y una bañera antigua bastante chula. Me aferré a la losa de mármol que sujetaba el lavamanos y me miré al espejo con rabia. ¡tenía 232 años, no podían obligarme a ir al maldito instituto de aquel pueblucho de mierda! Cerré los puños y reprimí las lágrimas de impotencia que amenazaban cor salir. Me apreté los parpados cerrados con los dedos hasta verlo todo rojo y luego solté un grito monumental de pura frustración.
Al cabo de unos segundos tocaron a la puerta y la voz de Nina se filtró hasta mí, amortiguada tras la puerta.
- ¿te encuentras
bien? Te he oído gritar.
- Estoy tan bien
como podría estar después de la noticia.
- ¿Pudo pasar?
Iba a soltarle ``no´´ pero me lo pensé mejor y no quería a todos en contra mío, así que solté un largo y hondo suspiro antes de contestar con voz resignada.
- Claro, pasa.
Mi única aliada, la única que podía comprenderme un poquito era todo lo contrario a mí, contaba ya los trecientos años y tenía una melena larguísima de un rubio casi blanco y sus ojos eran los más azules que había visto aparte de el mar cristalino de las islas tropicales. Sí, he viajado mucho. Su cuerpo era esbelto y atractivo y su carácter era todo dulzura y amabilidad, es decir una chica femenina, coqueta y muy buena. Una chica perfecta. Yo era la imperfección personificada, hasta hace un año yo tenía el pelo tan largo como ella pero en uno de mis ataques de ira me hice con una cuchilla y me trasquilé el cabello hasta dejármelo como un chico pero ya me había crecido un poco más. ¿El por qué de mi ataque de ira? Ni idea. No lo recordaba ¿una noche de fiesta echada a perder? ¿qué una tía se llevara la última sudadera que quería? Muy típico mío enfadarme por cosas así.
- Sé qué no te
gusta la idea pero lo hacemos para poder quedarnos más tiempo, los
Traidores nunca sospecharían de un lugar tan pequeño y apartado
por eso estaremos aquí el máximo tiempo posible y ya la gente que
nos vé piensa que tenemos entre quince y dieciséis tenemos que ir
al instituto, no nos arriesgaremos a llamar la atención en Cross
Hall.
- No quiero
quedarme, quiero largarme de aquí – mascullé aun mirándome al
espejo, Nina me pasó un brazo por los hombros y me dio un dulce
apretón comunicándome sin palabras que o estaba sola.
- Lo he notado –
sonrió – pero tenemos que hacerlo, por lo que somos.
``yo no lo elegí´´ pensé gritando en mi fuero interno intentando que en la mirada no se reflejara mi angustia. La ansiedad que sentía al pensar en pasar horas rodeada de humanos me ponía enferma. Respiré hondo negando tener que aceptar que nuestra única salida era enviarnos de cabeza al matadero; un sitio lleno de humanos, ávidos de cotilleos que nos harán inventar una nueva vida para callarlos... Nos harán mentir y nos harán compartir secretos mientras la confianza fluye. Me daban nauseas.
- ¿Tenemos que
hacerlo? - repetí intentando calmarme – yo no tengo porque
hacerlo, ya he pasado por esto en mi época.
- Es para proteger
a la familia – puntualizó con una calma irritante – para
protegerte de los Traidores.
- ¿Por qué? Ni si
quiera lo sé. - me quejé.
- Yo no puedo
contestarte a eso – me dio otro leve apretón. - tranquila, lo
haremos juntas.
Nina aparentaba quince años pero cualquiera que nos escuchara hablar no dudaría de etiquetarla a ella de madura y responsable y a mí de niñata inmadura. Es demasiado tarde para pedirme que cambie, quizá un siglo atrás tal vez no me hubiera echado a reír a carcajadas si me lo hubieran pedido, no, lo más probable es que me hubiese reído y luego te habría pegado, o no, depende de como me cayeras si no me caías bien tendrías que aceptar el golpe que de seguro te llega. Sí, tuve una época agresiva.
Y luego estaba todo el tema ese de los Traidores. ¡Nadie me contaba nada! A pesar de que todos los demás componentes sabían porque nos perseguían a mi me tenían en espera, es decir, a dos velas sin ninguna información si no algo parecido a esto: ``si los ves metete una carrera y dejalos atrás porque si te pillan estas muerta´´ claro que lo de muerta no era en sentido literal... Al menos eso esperaba. Es tan difícil como doloroso matar a un inmortal y te aseguro de que no llevaba muy bien eso de sufrir así porque sí. Si no había una razón de peso no había nada que hacer.
El reflejo de Nina curvó sus labios en una sonrisa dulce y comprensiva. Ella había tenido tantos admiradores como estrellas tiene el cielo a lo largo de los años y a todos los había rechazado sin miramientos pero con palabras sutiles, pero hubo uno, hace mucho tiempo, un humano se ganó su corazón se podría decir que fue su primer amor pero, claro está murió hace ya como dos siglos, yo tenía veinte añitos cuando sucedió, solo recuerdo su cara inundada de dolor sosteniendo un cuerpo humano mientras soltaba un grito desgarrador a la luna que gobernaba el cielo. Su historia como todas las demás era horriblemente triste, al igual que la mía, es curioso, yo conocía la historia de cada uno en esa casa pero ninguno conocía la mía. Siempre me negaba a hablar de ello y nunca me permitía recordarlo.
- Vamos, anda –
me susurró.
Mi pelo irregular se meció sobre mi frente cuando sacudí la cabeza.
- Vale, iré a ese
instituto pero no esperes que sea buena – atajé. Había cambiado
de idea al recordar la escena pasada pensando que sería duro para
ella también.
- No esperaba menos
de mi Kate.
- Vaya, te has
acostumbrado rápido al nombre – reconocí con un rastro tenue de
mi ataque de mal genio.
- Bueno llevamos
años cambiando y Kate te pega muchísimo más que Lish.
- Cierto.
- En realidad nunca
supe porque accediste a ponértelo – sacudió sus hombros con
elegancia y despreocupación al mismo tiempo, algo que era propio en
ella, mientras salía del baño y me indicaba con un gesto que la
siguiera.
- Me aburría –
dije por toda explicación coherente, bueno así era yo incoherente
hasta la médula, sarcástica hasta la muerte.
- Bueno, de todos
modos ya está hecho: Kate y punto. - sonrió y me pareció que
volvía a ser una niña, con sus mejillas sonrosadas y sus ojos sin
malicia, todo pura inocencia, después de trecientos años en la
tierra y todo el dolor que había sufrido eso me parecía un logro
admirable.
Yo en cambio, era pura coraza, ya no me reconocía con tanta protección encima, en mi refugio de hielo, me encontraba segura y fuera de peligro. Sin dolor.
- Como ya te he
dicho, he preparado tu habitación.
Me condujo hasta una puerta de madera blanca y pomo de color oro, de la cerradura colgaba una llave del mismo material.
- Abre – pide con
más emoción de la que sentía yo en ese momento.
- Esta bien –
resignada abrí la puerta decidida a sonreír por mucho que me
cueste.
Pero la sonrisa me salió sola, sin ningún esfuerzo, el cuarto era perfecto para mí, ¡como se notaba que me conocía de hacia siglos! En la cama, al otro lado de la habitación, descansabas sabanas de terciopelo negras, el suelo a cuadros blancos y negro es extendía por toda la habitación y se apartaba de golpe en la entrada del lavabo donde empezaba una sucesión de baldosas azul marino, mis sesenta y cinco discos estaban colocados alfabéticamente sobre mi enorme escritorio, donde a su lado un tocador contenía todas mis escasas pinturas para maquillarme. Solo solía maquillarme cuando salía de fiesta pero hacía dos semanas que, con todo el rollo de la mudanza no hemos podido salir a divertirnos y en el pueblo había escasas probabilidades.
- Nina, es perfecto
– me sorprendía mi misma mostrando afecto y volví a cubrirme de
corazas antes de que se diera cuenta.
- Gracias – me
posó la mano en mi pelo negro y me lo revolvió con cariño, para
ella era tan fácil mostrar cariño como para mí lo era imposible.
- Estoy decidida a
agradecértelo de alguna manera – dudé un momento – la próxima
vez que salgamos de fiesta te pago yo las copas.
- ¿En serio?
- Por supuesto –
dije orgullosa.
- No rehusaré,
entonces.
- No esperaba menos
– mascullé mientras me tiraba en la cama. - ¿Cuando empezamos
con el infierno?
- ¿Te refieres al
instituto?
- ¿A que otro
infierno si no?
- El lunes.
Me quedé tendida en la cama un segundo más de lo necesario intentando asimilar esa información repentina.
- ¿Tan pronto? Eso
es dentro de dos días.
- Es lo que me han
comunicado los chicos.
- Nina...
- Aquí soy Rachel
– me interrumpió.
- Me da igual –
grité - ¿El lunes?
- El lunes –
repitió como una maldición.
Mi particular maldición con los humanos ¿no podían entenderlo? Los humanos y yo tenemos una especie de trato tácito; yo los dejo en paz ellos no me fastidian la existencia así de claro y preciso. Pero aquí parece que eso no vale. Pero como ya prometí no volveré a sufrir.
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